Ponencia: La Cultura y el Idioma como manifestación de nuestra resistencia como nación*

Juan-Camacho

Por Juan Camacho

Puerto Rico es una nación. Es una nación porque su gente posee ciertas características culturales que así la distinguen. Características como el lenguaje, manifestaciones del arte, compartir un territorio y un nombre propio, poseer mitos comunes de antepasados, compartir una memoria histórica, hábitos alimenticios, música, religión, instituciones, la forma de decir y hacer las cosas, la vestimenta y otras costumbres y tradiciones que obviamente todos y todas aquí conocemos y compartimos.

Pero esas características por sí solas, no constituyen la definición y el carácter de una nación, porque el elemento dominante es la convicción de una vida colectiva, es cuando la gente siente que constituye un organismo o un grupo, distinto de cualquier otro, con vida propia e intereses especiales.

Nuestra nación comienza con el nacimiento del puertorriqueño. Y aunque existen varias teorías de cómo y cuándo se formó ese puertorriqueño, nuestro historiador Lidio Cruz Monclova nos reseña que nuestro inicio como puertorriqueño o como afirmación de nuestra nacionalidad, nace en el momento en que Don Juan Alejo de Arizmendi, el primer obispo de origen puertorriqueño, le entrega su anillo pastoral a Ramón Power y Giralt, nuestro enviado a las cortes de Cádiz en el 1809. 

Cruz Monclova  nos menciona tres aspectos fundamentales de la ceremonia de entrega del anillo:  “señala cabalmente la primera revelación del amor criollo a la tierra nativa, manifiesta el concepto de patria circunscrito a la geografía y marca el preciso instante cuando aflora nuestra conciencia de pueblo y cobra categoría rectora lo puertorriqueño”.

A partir de ese momento, allá en la España imperial, pero decadente, se comenzó a caracterizar a los residentes en PR con una identidad nacional, distinguiéndonos claramente de los españoles.

Los puertorriqueños somos una nación que vivimos en un territorio definido, sin embargo, por cuestiones de la colonia, más de la mitad ha emigrado a la metrópoli. Pero aunque temporalmente no compartamos el mismo territorio, seguimos siendo nación. No importa el número de años que nuestros nacionales lleven en el norte o en cualquier lugar del mundo, mantienen las costumbres y tradiciones que los identifica y los distingue de los demás.  Comen arroz y habichuelas, bailan y escuchan salsa y música autóctona, festejan las navidades, siempre tienen un coño y un carajo a flor de labio, consumen nuestro ron y celebran otras fechas de nuestro calendario nacional. Y aún los hijos de segunda y tercera generación, aunque hablen, estudien y trabajen utilizando el idioma inglés, son orientados –y en ocasiones obligados– a hablar español en las reuniones familiares so pena de un regaño de los abuelos.

Es necesario recordar y si posible, estudiar con detenimiento algunas de las naciones que no comparten o no tienen territorio, en ocasiones por generaciones, como los gitanos.  Así también, existe la nación palestina, la cual resiste más allá del quehacer cultural, sino ofrendando sus vidas porque se le reconozca su derecho a poseer un territorio libre.

Tenemos los mapuches, que hoy mantienen un territorio por el cual lucharon contra los invasores españoles, y que es totalmente distinto al estado chileno.

Así también, la nación sahaurí que lejos de considerar el idioma como imposición colonizadora (de hecho, es el único país árabe que habla español) lo trasmite como su propia identidad y lo utiliza para describir la dura realidad de su nación de frente al agresor marroquí.

Cuando los gringos invadieron nuestro país en el 1898 ya nosotros éramos una nación en todo el sentido de la palabra. Ya nos habíamos sublevado en Lares. Ya Manuel Alonso había escrito El Gíbaro, la primera obra de carácter literario que describe las tradiciones y costumbres de nuestra Patria. Ya brillaba internacionalmente nuestro primer pintor nacional puertorriqueño, Francisco Oller.

Asi, la inmensa mayoría de nuestro pueblo se ha mantenido en resistencia frente a la embestida cultural del invasor; reconociendo, claro está, que algún éxito ha tenido esa embestida, porque siempre existen personas que reniegan lo que son, ya sea porque creen que lo del invasor es superior o por otras razones que no podemos precisar claramente.

En los primeros años de la invasión los norteamericanos impusieron el inglés como lengua oficial y como vehículo de enseñanza en las escuelas, mientras el español se enseñaría como “lengua extranjera”.   Sin embargo, aunque la orden era enseñar en inglés, los maestros no hicieron caso y dictaban sus clases en el vernáculo, en complicidad con los padres y los estudiantes.  Basta leer la estampa de Peyo Mercé enseña inglés, del gran escritor costumbrista Abelardo Díaz Alfaro para tener una idea de lo que sucedía en un salón de clases de la época.  Algo así como una desobediencia civil escolar.

Si esa lucha no se hubiese dado en el momento que urgía, otra hubiese sido nuestra realidad actual. Sin embargo, aquella generación entendió y actuó ejemplificando lo que verdaderamente es una nación.  De esa manera, desde el día uno que los yankis intentaron doblegarnos como nación usando el lenguaje como arma, nosotros respondimos y vencimos. Hoy seguimos resistiendo esa asimilación que no cesa, que está por todos los lados, no solamente hablando un español de calidad en términos generales, sino desarrollando un inmenso quehacer cultural. Estamos al día en las artes plásticas, en la música (tanto clásica como popular), en los deportes, en la talla, en la poesía, en la narración y sume y siga.

Este quehacer fortalece más nuestra nación y mientras más sólida sea la nación, menos oportunidades existen que seamos anexados al imperio.  De ahí la razón para mantenernos en lucha cultural constante.

Un pueblo fuerte culturalmente le impide o le hace más difícil la tarea de domesticar al invasor.

Pero es necesario recalcar que si bien la fortaleza cultural es positiva, los pueblos no alcanzan sus objetivos de libertad sólo con la resistencia cultural. Podemos vivir cien años más desarrollando un fuerte quehacer cultural y si no hacemos nada más, seguiríamos siendo colonia.  Tenemos que seguir yendo a Guavate a comer lechón asao, o yendo al festival de la pana o del bacalaíto frito, o hablando un buen español, pero eso no basta. Tenemos la responsabilidad ciudadana, ante el mundo y ante nosotros mismos, de dejar de ser colonia.

En resumen, nuestro pueblo ha avanzado mucho.  A ciento dieciocho años de la invasión y ocupación del imperio más grande y poderoso del planeta, seguimos en lucha.  Cada día vamos fortaleciendo nuestra nación y más temprano que tarde encontraremos los caminos que nos llevarán a la libertad. Y cuando eso suceda, seguiremos avanzando en nuestro quehacer cultural, con el propósito de consolidar la nación puertorriqueña libre.

 

*Ponencia presentada el 13 de marzo de 2015 durante la reunión de la Brigada Juan Ruis Rivera, efectuada en el Centro de Estudios Avanzados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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